Western
EL DIA DE LOS TRAMPOSOS
(There Was a Crooked Man,
Josheph L. Mankiewicz, 1970)

Las apariencias engañan.

No vamos a cuestionar la condición de western de El día de los tramposos, aunque es una apetecible tentación, por cuanto es un film -y un western- atípico, insólito, una autentica rareza en la filmografía de Joseph L. Mankiewicz -como también lo fue su exclusiva incursión en el musical: Ellos y ellas (Guys and Dolls, 1955)-, pero lo cierto es que el recurso al disfraz de cuento cruel, incluida esa balada inicial que reza "Había una vez un bandido...", distingue esa sibilina pieza de relojería, de apariencia ligera y divertida, que cobija una ácida y amarga reflexión sobre la condición humana, los mecanismos de la representación y la tenue línea divisoria entre lo legal y lo ilegal. El film es un compendio del penetrante sarcasmo y del definitivo nihilismo que señaliza toda la obra del cineasta y que se instala con contundente superioridad en sus tres últimos capítulos: Mujeres de Venecia (The Honey Pot, 1967), que precede a El día de los tramposos, y La huella (Sleuth, 1972), que despide su excepcional ciclo filmográfico.

No es una sorpresa que El día de los tramposos conjugue literal y metafóricamente un sobresaliente estudio acerca de la vanidad de los narcisos, el exhibicionismo de la inteligencia -o de la inteligencia exhibicionista- y la precariedad de las falsas apariencias. Recuérdense los ficticios lentes de Paris Pittman, Jr.,(Kirk Douglas) y el magnifico descubrimiento de su treta cuando Dudley Whinner (Hume Croyn) comprueba que son cristales sin graduación. Toda la obra de Mankiewicz analiza estos supuestos. En Julio Cesar (Julius Caesar, 1953), Casio le dice a Bruto: "Y como tu quieres verte a ti mismo más que a través de la reflexión, yo, tu espejo, voy a hacerte descubrir modestamente lo que todavía no coces de ti mismo". Alea jacta est.

Juego, teatro, manipulación, mentira, engaño, mascara son algunos de los elementos que impregnan las historias de un Mankiewicz que, cínico irredento, mordaz temible, sarcástico redomado, gusta de construir un universo moral para darle la vuelta y destruirlo con mano implacable. Diseña un mundo cerrado donde la codicia, la ambición y la corrupción son las únicas escalas de valores; un mundo donde todo esta en venta, donde el poder del dinero mueve las cosas, hipócritamente liberal. Así, el cinismo de El día de los tramposos, nada bien comprendido y peor recibido por la crítica de su tiempo, que acuso -erróneamente- a Mankiewicz de no respetar las reglas, de alinearse en las coordenadas del neowestern moderno -sumariamente: de Monte Hellman a Sam Peckinpah-, hace que el espectador apoye complaciente, comulgue con el egoísta Pittman, un canalla de tomo y lomo, que no vacila en sacrificar a sus hombres para su lucro personal y en deshacerse de sus compañeros de evasión, que finalmente será vencido en su propio terreno -de la inteligencia y amoralidad- por el prototipo del hombre honrado y honesto, el sheriff Woodward Lopeman (Henry Fonda), que tras apropiarse del botín de 500.000 dólares y conseguir por fin liar un cigarrillo, parte con destino a México en busca de la felicidad. Una imagen del orgasmo del éxito muy propia del cineasta.

Sin obviar de su condicion de tratado de la abyeccion -¡no seria un film de Mankiewicz en este caso!; bien servido, eso sí, por un excelente guión de la pareja feliz David Newman y Robert Benton, entonces en la cresta de la ola de la fama por mor de su guión para Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, Arthur Penn, 1967)-, El día de los tramposos recrea de nuevo uno de los temas mayores y más queridos por el cineasta: la superioridad de la inteligencia frente a la fuerza, ante cualquier contingencia, el trayecto de un personaje que, demiurgo, controla, domina a su antojo a los demás actuantes e instrumentaliza en beneficio propio las normas sociales del universo que habitan. El triunfo de la inteligencia permite que Pittman ostente, disfrute de una posición de privilegio en la penitenciaria, donde todos se mueven como peones a su antojo, mientras madura el plan de fuga. Sin embargo, en tan medidas piezas de relojería siempre hay un grano de arena, llamémosle azar si se quiere, que frustra la perfección. Así, el personaje que domina la acción / función tropieza con el fracaso, al tropezar con una realidad imprevista. De este modo, Pittman fallece mordido por una serpiente de cascabel, al igual que la verdadera ganadora del juego Cecil Fox (Rex Harrison) en Mujeres en Venecia es la enfermera Sarah Watkins (Maggie Smith) y el vencedor de la última partida de Andrew Wyke (Laurence Olivier) en La huella es el obstinado Milo Tindle (Michael Caine).

La vida es (un) teatro, es juego, es duelo, es enfrentamiento manifiesta Mankiewicz y refrenda su cine. Lo importante es la palabra y la puesta en escena en el cine de este racionalista convencido. Serio y severo, sí; pero provisto de un humor sarcástico, socarrón y amargo, como se desprende de este western teñido de comedia y negritud, de extrañeza y escepticismo. Es imposible no citar situaciones, asociaciones, imágenes desopilantes como la familia que bendice la mesa para cenar y es agasajada con un atraco; la maliciosa circunstancia de que Pittman de con los huesos en la cárcel por ser sorprendido por el recientemente atracado Lomax (Arthur O´Connell) en un burdel... gracias a la afición voyeuristica del buen padre de familia; la superchería de los iconos que pinta Dudley Whinner, muy en sintonía con el descreído -o ateo notorio- que era Mankiewicz; los caballos con las patas enfundadas en bolsas de tela y los ladrones cubiertos con pañuelos que engullen muslos de pollo; un sheriff, Lopeman, que visita a una prostituta mientras en la calle se perpetra un atraco; raccords tan explícitos como el que relaciona el hocico de un cuadrúpedo rumiando y la boca de un gobernador comiendo, o el plano de unos caballos corriendo que enlaza con el de unas personas andando, o... Y, en fin, un sabroso inventario de personajes venales, charlatanes de feria, un alcaide prisión epicúreo y goloso de dinero, un carcelero homosexual, un recluso medio orate, un oriental impasible siempre dispuesto a matar, un coro de damas pías y de rígida moral -anótese el striptease de la institutriz-, probos ciudadanos pero de viciosidad garantizada, truhanes conspicuos, etcétera. El día de los tramposos, una de las películas más inteligentemente amoral y gratificantemente cínica de la historia del género -y del cine, nos atreveríamos a afirmar-, es un significativo ejemplo del talante lúdico, lúcido, escéptico, corrosivo y nihilista hasta el final de Joseph L. Mankiewicz.

Ramón Freixas.
Nickel Odeon `96

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