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De principio a fin asistimos a una crónica realista - documental confrontada con la utilización de elementos oníricos que dan como resultado una atmósfera de pesadilla, requisitoria ineludible para desorientar al espectador y hacerle perder sus esquemas habituales. Y en ese misterio conseguido por la incertidumbre de los móviles dentro de una situación claramente Kafkiana radican los postulados de la serie, regida por una total, fría y calculada ambigüedad. A la lógica de las acciones , al maniqueísmo distintivo entre el bien y el mal, a la espectacularidad y al dibujo cosificado de los personajes, el thriller opone acciones inciertas, relaciones confusas, ambigüedad del medio criminal y una antimoral: no en el sentido nietzscheniano de inmoralista, sino como confrontación subjetivista de una moral ya impuesta. Como género anticonvencional, el thriller expresa su caracterización de modos y formulas a través de una temática ambivalentemente filosófica y en cualquier caso política ; y una complejidad de situaciones que no son más que el retrato fidedigno de una América desgarrada por sus contradicciones históricas y, en última instancia, el reflejo de la inseguridad del hombre contemporáneo.
En primer lugar, el crak bursátil de Wall Street en 1929, desencadenante de la mayor crisis económica del mundo y su secuela, los sombríos años de la Gran Depresión. En directa relación con el anterior, la subida al poder del presidente Roosevelt y, con él, del equipo que iba a inspirar y aplicar su programa del New Deal. Y, factor este último específicamente cinematográfico, la imposición del Código Hays a tenor del creciente poderío de las capas puritanas. Bajo el lema del " aquí no pasa nada", el cine más o menos negro se limitaría a desfigurar en lo posible los macilentos retratos de la vida real. Cuando el lema cayó por sus propios fueros, abrió las puertas a los conciertos nauseabundos de las metralletas, en cuyo trasfondo reverberaba una lucha competitiva a gran escala en la que se debatían todos los códigos morales que posibilitaban una sociedad estratificada. Gansters Lo que en el cine negro posterior será una sucesión de móviles inciertos, en la primera etapa se codifica en unos esquemas plenamente identificables y supuestamente explícitos para el desarrollo lógico de las películas en cuestión. Desarticulados por lo común de un planteamiento general de la criminalidad, esos esquemas son portadores de una abundante mitología que en cualquier caso resultará imprescindible para testimoniar la falsa moral acomodaticia de una sociedad resquebrajada.
Precisamente serán sus directrices, siempre reforzadas por una rica orquestación de ligas puritanas, asociaciones de variado orden que por entonces se autoarrogan la represión del crimen, editoriales de periódicos tronando contra la corrupción y las malas costumbres y, en última instancia, admoniciones de los magnates financieros de Wall Street (verdaderos centros de decisión de los estudios), las que configurarán la sonrisa artificial de los pérfidos y dinámicos rostros de James Cagney, Humphrey Bogart, George Raft, Paul Muni, etc, etc., a base de un tratamiento distinto o ligeramente decantado.
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