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Al principio, Paul Henreid no entraba realmente en mis cálculos, la idea del "noble sacrificio" era por entonces nueva para mí; pero lo entendí pronto y, habiendo jugado con la idea de que debería haber sido Henreid en lugar de Bogart quien se fuese con Claude Rains a Brazzaville, me di cuenta de que las cosas tuvieron que salir bien como fueron y me sentí mejor aceptando el hecho. Medio siglo después, amo Casablanca, no un poco menos, sino probablemente un poco más, porque, como todas las películas que quisimos en nuestra juventud, ahora nos trae un rico bagaje de asociaciones personales y una dulce melancolía, nacida de los indicios de mortalidad, la del espectador. Y, tras medio siglo, puedo ver Casablanca, por lo menos un poco más objetivamente, como la apoteosis del melodrama dramático de Hollywood, una especie de falta de temor y de perfecto fingimiento que probablemente no podrías hacer hoy impunemente: ¡ Cantar la Marsellesa en la cara de los hombres de la Gestapo ! Como suelen decirme ( y de alguna manera como si fuese culpa mía ) no hacen nunca películas como esa. Es
cierto, no lo hacen, y explico tristemente que es porque tampoco es el
mundo de ahora como el de antes. Y
no puedo ver nada de Casablanca sin
un nudo en la garganta y un poco de humedad en los ojos, suspirando
por la clase de inmortalidad que las películas dan a sus estrellas y el
gusto que prestan a nuestras más transitorias vidas.
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