Animación - Cortos
MÉLIÈS Y BLACKTON

Sobre las cenizas de lo que fuera el teatro óptico se alzarían primero un sagaz prestidigitador, ilusionista y fantástico, Georges Méliès, y luego otro francés que habría de proseguir del modo más brillante posible el camino iniciado por Reynuad, inventando el cine de los dibujos animados: Émile Cohl. Todo lo que el cine actual da de sí en el ámbito de lo espectacular, con sus trucos sensacionalistas, con la movilidad de las figuras dibujadas o de los muñequitos u objetos, se lo debe a la excepcional personalidad de Cohl.

Para Georges Méliès, el cine constituía un espectáculo de "magia". Y por lo tanto, lo realizaba sacando el máximo provecho de toda una amplia gama de recursos técnicos que - hoy bien conocidos representaban el punto de partida para el nacimiento del dibujo animado: La interrupción de una toma y la prosecución del rodaje después de haber sustituido delante de la cámara a una mujer por un diablo.

En la proyección se vería luego efectivamente cómo la mujer se convertía en diablo.

Era uno de los trucos más elementales que, junto con otros de las más variadas características, en los primeros años del presente siglo, hizo enloquecer a aquellos que se habían lanzado a la empresa cinematográfica en Europa y en Estados Unidos. Se inició entonces una verdadera guerra de invenciones.

Los nuevos descubrimientos se multiplicaban, pero cada pionero ocultaba celosamente sus trucos e invenciones.

En América, los films de Méliès fueron estudiados fotograma por fotograma: se pretendía descubrir, en sus más íntimos detalles, la naturaleza de todos los trucos que el genial francés conseguía realizar en forma tan prodigiosa.

Finalmente, en 1906, el norteamericano James Stuart Blackton consiguió - aunque siguiendo la estela de Méliès obtener una novedad. En el pequeño film Haunted Hotel puede verse una mesa bien servida en la que los cubiertos se mueven solos. A ese film le siguió otro, (The Magic Fountain Pen ,1909), en el que una pluma animada con vida propia traza dibujos sobre un folio blanco. La sensación que causó este film fue tremenda. En esta parte del Atlántico, aquellas breves cintas despertaron la curiosidad no tanto de Méliès, cuyos intereses respondían a otros objetivos, como de un compatriota suyo, el alsaciano Émile Cohl, seudónimo de Émile Courtet, un pionero que puede ser considerado, con los máximos derechos, como el primer autor propiamente dicho de los dibujos animados.

 

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